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TEORÍA DEL PASTEL ELÉCTRICO


Qué ganas de tocarlo, pero aún

es imposible. Quien se electrocute

acabará hablando de lagos y cabañas

y luna al mediodía y charlas con los ciervos

y ya nadie podrá

devolverlo a su vida.

Qué ganas de morderlo, pero aún

no está bien visto. Ulises se ató al mástil.

Y ese tonto de Tántalo tenía

tantas ganas que, bueno,

el azúcar ardió.

Glotones de la tierra, morded bien este libro

amasado por ojos que brillaban

al pie del Everest.

Probad la crema del cantar callando.

En toda la ciudad

no encontraréis jamás pastelerías

donde la muerte sepa a mi cereza.

Si Dios hace merengues como éstos

no tengáis prisa alguna por comerlos.

Serán ellos, más bien,

los que vayan creciendo y ocupando los mapas.

Las tartas se abrirán

en un día de gloria

y saldrán bailarinas y banqueros

y los profetas habrán tenido

razón al hacer régimen.

Mil magdalenas de color naranja

dirán las brasas del ocaso y

los bizcochos serán valientes cuando

regrese la niñez.

Yo tomaba pasteles al salir de la escuela.

Yo tomaba pasteles

y estallaban los verbos en mi estómago

y mi pelo erizado espantaba al gorrión.

Pero ahora es distinto.

La gula no se sacia con promesas.

Suena tú, pastel mío, suena y sana.

Nata de nube, guinda de sol.

Los sabios te probaron y hace tiempo

subieron por el aire.



INMINENCIA DE LOS INSOPORTABLES


Ya los oigo cantar.

Están al otro lado de este muro.

Si abro la ventana,

¡ay si abro la ventana!,

estallará el océano en mi oído.

Lejos, lejos la música. No puedo

oír el verbo aún.

Quién podrá soportar palabras nuevas,

la historia del amor y de los bosques

y aquellos papagayos

tan hondos de lo blanco cegador.

Ya los oigo cantar y ya me siento

más ligero y delgado,

como si el cuerpo fuera la promesa

de ser tan solo aire.

Ya los oigo cantar y oigo el silencio

de mi infancia que fue y será ahora,

el silencio del astro

que sin lenguaje vive en puro son

de sueño y de sonrisa.

¡Ya los oigo cantar aquí a mi lado!

¡Si no pudiera oír!

¡Si toda mi Judea fuera solo

una aldea en el tímpano!

Pero el oído es siempre nuestro dueño.

Queremos escuchar sobre todas las cosas.

¡Vivir sin oír nada!

De nada serviría, pues las aguas se abren

en el último instante. Los cielos se dividen

con solo un cascabel.

Silbidos de gamberros derribarán las torres

más altas y el cri cri

de las rosas

no dejará dormir a Salomón.

Ya soy solo mi oído.

¡Ya los oigo cantar y voy cerrando

los ojos y cayendo!

¡Ya los oigo cantar al otro lado!



TINTA SIMPÁTICA


Simpática, simpática mi letra,

mi mañana de mayo.

Porque mi sol es solo para aquellos

que tanto y tanto desearon ver.

Oh nacida, oh hermosa

letra mía al calor de nuevos ojos,

el mensaje cifrado de mi muerte

y descifrado en luz, resurrección,

mañana muy escondida.

Cuando tantos espías me rodeaban,

cuando tantas naciones

acechaban mi pluma aquí en la noche

tuve que escribir luz muy en secreto,

parpadeantes sílabas,

semillas del brillar

más alto

en un mayo futuro.

Oh nacida de mí, oh mi amarilla

palabra tan solar,

fuego que puse disfrazado y frío

para los nuevos ojos

de los que me amarán,

para los ojos de los elegidos.

Oh nacida, oh hermosa,

oh letra de tambor y tan bonita

que los niños se ponen

de puntillas en la hierba

para tocarte, para decir, decir, decir

que volvemos a ser,

que saltamos de un truco como tú,

que el cuerpo evaporado fue tan solo

una manera de esconderse y ahora

mirad, mirad ahora

cómo el sol poco a poco se revela

y un soplido bastaba,

tan solo vela humilde, gato, gato

de Cheshire que aparece

sonriendo, mirad: es el amor.



CANCIÓN DEL QUITANIEVES CANADIENSE


Me conducía Tom y bebía cerveza

y cantaba baladas de su infancia

(yo no tuve niñez;

nací de un mamut verde).

Y fui por carreteras siempre blancas,

pues blanco es el poema.

Y los bosques extraños susurraban:

te hemos visto pasar

a ti, te hemos visto

pasar a ti, cordero que quitas

el olvido del mundo.

Oh la noche de los paracaidistas:

también los hombres nievan,

mueren unos encima de los otros,

copos de amor. A todos los borré.

Mi pala habló en hebreo

y a su paso se derretía el mundo.

En mi cabina amarilla se posaban los cuervos

y era fácil andar

por tanta soledad recién nacida.

Yo vi los reinos verdes de la tarde,

vi abrirse las puertas del cielo,

arrastré a las sirenas

con mi canto y candor,

pues todo se derrite ante el que ama.

Recuerdo mis visiones:

los leñadores con camisas a cuadros

flotando tras la curva,

las escuelas llenas de peces congelados,

las pescaderías llenas de niños.

Recuerdo bien la fuerza que yo tuve

y cómo deseaba primaveras,

porque yo trabajé

desenterrando el sol.

Esto fue hace mucho. El país es inmenso

y nadie puede terminar la obra.

Vi los ojos azules de los muertos,

la tierra inacabable, la bella lejanía.

La nieve es infinita.

Cansado estoy, no puedo ya avanzar

por caminos de cuento y los muchachos

me han rajado las ruedas.

Pero tengo mi fe.

Algún día llegaré a la cima nevada

donde aguarda Florencia.



PELELE


Te tomaron el pelo, mi pelele,

pelele de la lágrima.

¿Cuántas carrozas viste por el cielo?

Ninguna se detuvo

a tu puerta, potrillo.

Anda y date la vuelta, ponte, ponte

boca abajo, pelele,

y dime lo que ves

con tus ojos naranjas.

¿Cuidaron bien de ti las niñas tontas?

Enamorado siempre de la mujer adulta

que te hablaba de peces y países,

pero tu pasión era

salir a flote en las preguntas hímnicas.

Tu época pasó

y nadie te recuerda; oh sí, yo sí,

con los otros muñecos del desván,

todos llenos de polvo

y ahora recién despiertos.

¿Qué te cuentan, qué dicen, dicen, dicen?

Ay, no les hagas caso.

Despertar no es lo mismo que hablar siempre.

En el callado ver

crecen los árboles de la bruja tísica.

En el callado ver

los mares se separan y en su fondo

hay un arpa y alubias

de oro en un caldero.

¡Pelele mío por la luz helada!

Sigue subiendo, sigue

subiendo por el aire.

Encuentra allí a los tuyos. Ha de haber

un paraíso para quien cantó

y fue amable y hermoso.

Así lo afirma el trigo de mi frente.

Así lo considera el mudo azul.




EL DIOS EN MI BOLSILLO


Ven, sal de mi bolsillo

y pórtate ya bien.

Pía, pía en mis manos.

Vámonos otra vez por ahí tú y yo

y así el tiempo perdido

de los que nada ven será una época

de carruajes y joyas sobre el césped.

Son tantas aventuras

las nuestras que ningún libro podría

contarlas. ¡Ahí van

un hombre y su dorado dios ladrando!

Porque llega la hora

en que mi dios despertará por darme

las alas que merezco

y juntos nos iremos de juerga por Judea.

Qué felices los dos,

tú mi gato amarillo y yo libélula,

en el Edén de la palabra en llamas.

Anda, sal ya de ahí,

ya no te escondas más, ya no te escondas

como los niños sabios

en el zapato de la bruja viva.

Si mi dios está en mí,

que me rompa al salir desde mi cuerpo

al mundo que le doy.

Así rompe la flor la tierra última,

así rompe la lava,

la lavandera de los ojos sucios.

¡Mi dios, mi dios, sal ya!

Pequeña niña mía,

onza de azul que en mi interior quisiste

girar en soledad,

estrella de los tontos trovadores.

Pues todo lo hice tuyo.

Y aunque yo ya no esté

cuando salgas de mí

estarás tú para que yo esté siempre.

Oh danza de los bienaventurados

espíritus, qué suave,

qué suavemente salvas.

Así suena el amor y es más que obra.

Dilo así: paraíso.




GRAFÓMANOS


Grafómanos de Venus, escribiendo, escribiendo.

Grafómanos, ¿qué fe

es esta vuestra que convierte en árbol

florido tanto hueso?

Tanto cuerpo caído vuelto estrella

recién escrita por vosotros. ¡Cuándo

escribiré yo tanto así también!

Qué cielos de verano,

versos crujientes para el ojo bueno

que solo ve la obra y no a los hombres

que hay tras ella. Qué sol

en prosa tan porosa y tan paciente,

qué teatro de espumas

volanderas sin fin y sin telón.

Vuestra obra sí es infinito poema,

oh Góngoras perfectos.

Tantos días nos dais, filibusteros.

¡Felices mis grafómanos!

No dejéis de escribir.

Siglos y siglos de escritura en llamas

aguardan al lector.

Vuestras obras completas no cabrán

en biblioteca alguna;

solo en el corazón.

Solo en el corazón será leída

la obra de los callados,

de los que aquí balbuceaban solo

y ahora son altos músicos,

maestros de palabra y pensamiento.

Cuando llegue la noche y se abra el libro

os veré, os veré.

Detrás de cada estrella hay un poeta

que nunca callará.

Y así pasáis la eternidad, grafómanos,

contando maravillas.

Aquí, cuerpos ligeros de muchachas,

primaveras y muerte.

Allí, solo escribir el sol y hablar

como loros y ángeles.




EXPLORADORES DEL TALMUD


Ahí van cabeza abajo por las nubes.

Abridles el gran libro

y entren los hombres y las moscas salgan.

¿Quién puso piruletas

en el cielo de abril, quién llamó éxodo

al afán de saber?

Si un hombre hunde su nariz en páginas

de nata y teorías,

si sus ojos son piedras arrojadas al lago

del espejo, ¿no puede

esperar que un apóstol devuelva la mirada?

En Babilonia vieron los benditos

brotar en trigo bello

capítulos arados por un dios.

Generaciones discutiendo en cimas

nevadas y barbudas,

junto a la menorá del amoroso.

Y nunca acaba el opinar y crecen

océanos de páginas arriba

y se oye el parloteo

de palomas y santos en el bar.

¡Callaos de una vez!

Ni siquiera Maimónides entró

en el misterio tembloroso y puro.

¿Cómo vais a leer

si no dejáis de hablar?

Cuando hay tormenta vuelvo a oír rabinos

con su pico y sus patas

discutiendo en los árboles.

Pero al día siguiente el libro se ha aclarado

y los que ya partieron habrán enmudecido,

pues la mañana es blanca

y no se escucha cháchara en la luz.

¡Pura serenidad de la blancura!

Dejadme al fin, dejadme

disolverme en mi libro blanco y bueno.

Ahí voy cabeza abajo por las nubes.

Soy el último, el último, sí, el último.




QUÉ BLANCO ES EL PRINCIPIO


Mi Señor se ha dormido en la taza de té.

¡Señor, Señor, despierta!

Ya suenan los tambores, ya es el día

de la coronación.

Un pájaro trae el libro

sagrado donde escribiré la historia

de nuestra expedición al Polo Sur.

Pues la mente de un hombre será blanca

y los pingüinos cantan

el himno de la gran eternidad.

Mi Señor se ha dormido. ¿Puedes tú despertarlo,

trompeta de la tumba?

Pronto habrá que zarpar y hay oleaje

en el cielo cirílico.

A veces pienso en el abrir los ojos

y en el crear la luz:

tardaremos toda una oscuridad.

Pero igual que los niños

caminan al revés en su Zelanda

yo cantaré callando

y será primavera si no soy.

¡Señor, Señor, despierta!

Me caí al otro lado

por el viejo agujero de la tarde

y ahora quién, ahora quién

despertará muy suave a mi Señor.

Suave, con cascabeles,

muy suavemente, como suena a sal

el primer día mudo,

porque el mar es silencio.

Suavemente llamad a los dormidos

que sueñan el ayer

y su ropa naranja y su flor en el pelo

y esa belleza que tenían solo

si estornudaban números.

Mi Señor se ha dormido en la taza de té.

Muevo la cucharilla

y es génesis, tal vez Getsemaní,

lo que suena. Es amor,

es amor lo que puede despertarnos.



LOS NUEVOS RICOS O LA RESURRECCIÓN EN ENTREDICHO


No creen, no creen en ti,

flor gemela de Juno.

No creen, no creen en ti,

en la magnolia de Madagascar.

Pero yo sí que creo.

Yo creo en el alzarnos otra vez,

en ser valientes y dulces

y jóvenes y con

la gracia concedida por tucanes

que son símbolo amarillo

de nuestra eternidad en otro aire.

Oh marinos del aire,

los dormidos alzados de las tumbas.

Tendidos levitáis sobre rosas de marzo

y Lupin os acepta

y hay miles de durmientes flotando por el cielo.

¿A dónde llegaréis,

emigrantes? ¿Qué América

será la acogedora en tanta noche?

¿Qué imperios fundaréis?

¿Y qué fortuna haréis con el primer

dólar, multiplicado

hasta haceros los dueños del gran libro?

Pues solo los despiertos decís versos

y verdad y a ver cuándo

los poetas famosos rozarán

el dobladillo hebreo de vuestros pantalones.

¡Dejad caer al menos los zapatos,

emigrantes de junio!

Pues en la poesía hay que andar bien descalzo:

quien pisa nubes pisa

eternidad.

Decidme

si el primer beso aquí será el primer millón

allí, si la primera

vez que visteis el mundo

será leyenda muy vendida allí

donde nadie recuerda el esplendor.

Los ricos siempre roban: vosotros nos quitáis

la juventud y el mar y la mañana.

Y aun así nadie cree

que ahora hayáis despertado.

¿Quién puede imaginar una Suiza en la tumba?

Dejad amar a pobres ignorantes,

vosotros que ya sois todo el amor.

Sí, vosotros que ya… ¿Pero qué es esto?

¡Hombres del Potosí, seguid cantando

Jose Luis Rey - Poemas